El Navío Solar
noviembre 26th, 2011
El humo de las hogueras, ya en los rescoldos en su mayoría, había apagado casi por completo la luz del atardecer. Desde lo alto del alguno de los montículos que se repartían a su alrededor, sólo los fuegos que comían las pilas de cadáveres daban profundidad a aquella bruma asfixiante.
El trabajo de las bandas de carroñeros daba su fruto. El vencedor les permitía quedarse con una pequeña parte de las armas y otras pertenencias de los cadáveres a cambio de hacerles desaparecer en las enormes piras funerarias.
Ya habían transcurrido cinco días desde que los últimos soldados de Uusta que no habían podido huir del campo de batalla habían sido muertos por sus enemigos de Byczons. La estúpida idea de reunir los retales de las tropas que quedaban en el continente y enviarlas a invadir terreno enemigo había sido naturalmente un fracaso. Hacía casi dos años que Uusta no vencía a sus enemigos en el campo de batalla. Pocos soldados había confiado en la victoria durante la movilización.
De vez en cuando una brisa traicionera soplaba, empujando la niebla y dejándole a la vista. Su indumentaria podría hacer que le confundieran con alguno de los carroñeros, aunque aquellos no trabajaban en solitario. En realidad había varias bandas y todas estaban enfrentadas entre sí, así que trabajaban con las espaldas cubiertas por compañeros armados hasta los dientes. Una de aquellas brisas le delató en el alto de una colina. Cuando sintió que se acercaba, se lanzó al suelo. Al menos le sirvió para descubrir que a escasos metros se levantaba uno de los almacenes. Una alta empalizada rodeaba el recinto. Una tienda central que guardaría el botín, rodeada de algunos guardianes y tiendas donde dormitarían los trabajadores, intentando dejar fuera la el olor a muerte. Habían elegido un lugar en el corazón de la batalla, pero se habían apresurado a limpiar un buen radio alrededor del campamento.
Kaphenet intuía que en aquel lugar dos katharon de línea de Uusta habían intentado frenar la caballería enemiga. El había combatido algo más hacia poniente. Los soldados de su katharon habían cubierto a aquellos desgraciados de las acometidas de los gigantescos y brutales mekuas. Podía estar orgulloso de que por fin, después de años de caer reventados ante ellos, habían acabado con la mayoría de aquellas bestias. Esta vez la causa de la derrota fue simple: el número de enemigos. Y la sublime incompetencia de los generales en Lantis.
Cinco días desde el último combate, cinco días que Kaphenet deambulaba por aquel descorazonador escenario. Ahora él ya estaba agotado por la podredumbre y la pestilencia. No confiaba en aguantar mucho tiempo más. Pero debía mantenerse alerta para no pasar por alto lo que buscaba y para no caer en manos de los soldados de Byczons o de los carroñeros. Quizá aunque llegara a encontrarlo no tendría fuerzas para salir de allí burlando a los enemigos. Había que planteárselo todo de nuevo.
La orden de movilizar las tropas hacia el norte había llegado un mes atrás hasta el Tercer Katharon. Su zona de influencia estaba fijada alrededor de la ciudad de Nbetj, fiel a Uusta al principio del conflicto pero dubitativa a medida que este se desarrollaba. El cuartel se estableció por tanto en la misma ciudad para que sus habitantes tuvieran a la metrópoli bien presente. Era un territorio dividido en una gran número de granjas, cuyos muchos propietarios realizaban sus transacciones comerciales en la ciudad. Alrededor de todo esto Nbetj había seguido creciendo hasta sus poco más de mil habitantes actuales. Las órdenes que llegaron allí obligaban a las tropas a reunirse con el Séptimo y el Decimotercero. Más adelante, ya en territorio enemigo, se unieron al Noveno para formar un hegei incompleto e inexperto. Aquellos soldados no habían luchado juntos antes.
Años atrás Uusta era la potencia marítima dominante en el Mar de Okosía. Su ejército estaba formado por cinco hegeis permanentes. Veinticinco mil hombres. Los soldados estaban en la isla, en la región continental, o vigilando y sometiendo las insurrecciones que pudieran amenazar cualquiera de las factorías costeras. Nadie podía vencer a Uusta en el mar, por lo que la isla era inexpugnable. Esto hacía que los países vecinos en el continente no conformaran auténticas amenazas. Pero ocurrió que unos años de grandes calamidades en Byczons afilaron sus colmillos al oler tan cerca las prósperas ciudades continentales del vecino del sur. Prepararon centenares de mekuas y aumentaron su caballería. No se podía frenar a sus mekuas y a sus carros. Los soldados de Uusta fueron barridos.
Kaphenet rodeo el fortín ayudado por la bruma, de nuevo presente, y siguió avanzando. Ya había buscado en varios lugares. El problema que se había encontrado al volver ahora al campo de batalla es que el paisaje había sido dibujado de nuevo por los fortines y los apilamientos de los cadáveres. Pero esta vez se había asegurado de recorrer el camino que le llevaría a su destino sin atajos. Había remontado el curso del río del que se había ayudado tácticamente su katharon y había dejado atrás a su derecha las tres colinas desde las que habían realizado su falsa maniobra de retirada. Ahora, debía encontrar el amontonamiento de mekuas y soldados de Uusta donde había caído el portaestandarte.
Estaba demasiado cerca del fortín. Podía escuchar a los carroñeros ladrarse en la extraña lengua de Byczons. Temía que ya hubieran limpiado la zona. Siguió adelante, más y más, y aparecieron los gigantescos guerreros acorazados. Y alrededor de ellos sus amaestradores y los soldados del Tercero que habían caído en la lucha. Por fin había dado con el lugar, así que debía apresurarse. El terror que inspiraban los mekuas era real aunque estuviesen muertos. No quería pensar en el hecho de que alguno de ellos pudiera estar aun con vida. Intentó evitar en lo posible acercarse mientras rastreaba entre el amontonamiento de cuerpos. Buscaba afanosamente hasta que de nuevo caía en la cuenta de que su fuerte respiración parecía retumbar en la pared de niebla y se detenía, escuchando. Después volvía a la tarea de mover los cuerpos de amigos y enemigos, cada vez más rápido y cada vez más torpe. Una mano le aferró el brazo. Un espectro se intentó incorporar para agarrarle con la otra mano el pecho. Ahogó un grito y se echó rápidamente hacia atrás. Era un soldado de Byczons. Agarró con fuerza una lanza y le atravesó rápidamente. El miedo había hecho estallar sus músculos. Seguramente eso era lo que quería aquel enemigo, después de cinco días con las piernas destrozadas por la maza de uno de sus mekuas. Cuando ya iba a moverse hacia otro lugar, un breve reflejo llamó su atención. Debajo del soldado enemigo brillaba un navío bordado en oro sobre fondo azul. Allí estaba el estandarte que Lantis había enviado para darle autoridad de Ejército Real al hegeis formado para aquella infausta ocasión. Era cierto que el Navío Solar era una poética y bella idea, pero sólo había dispuesto de una batalla para ganarse la gloria.
El Tercero se había desplegado en tres agrupaciones, cada una en una colina en las cercanías del río. Los carros de Byczons se lanzaron a por los otros katharon que se habían alineado en la llanura. Sus ruedas giraban vertiginosamente haciendo saltar estelas de tierra a su paso. Eran flechas que querían atravesar su presa. El Tercero, mientras tanto, tenía una perspectiva magnífica de los movimientos de la batalla. Detrás de la polvareda de los carros, la infantería enemiga aguardaba el caos que provocarían los carros para barrer el resto de soldados de Uusta. Los mekuas esperaban nerviosos, amedrentados por sus cuidadores, muy separados entre sí. Estaban ya equipados con sus pesadas corazas. Cada uno de ellos podía cargar con más metal que varios hombres. Y estaban enfrente del Tercero. Cuando los carros enfilaban el final de su trayecto y sus conductores apaleaban a sus caballos para que no flojearan en la embestida, los katharon rompieron su formación en las primeras líneas dejando huecos por los que entraron sin poder evitarlo los carros enemigos. Unas largas lanzas aguardaban a estos, y al cerrarse por detrás de ellos los soldados de Uusta se terminó de construir la trampa. Cuando el general enemigo quiso darse cuenta, muchos carros, con sus lanceros, habían ya caído. La infantería partió entonces para aplastar de todos modos a los katharon de la llanura, con los mekuas con ellos. Entonces el tercero comenzó su retirada. Los amaestradores de los mekuas y la infantería intentaron entonces entrar por el flanco que había quedado libre. Pero un ataque salvaje del Tercero hizo que las filas de la infantería de Byczons tuvieran que maniobrar peligrosamente cerca de los mekuas, empujándoles contra el río. Los mekuas comenzaron entonces a segar con sus mazas remachadas de espinas todo lo que se movía alrededor suyo. Pero la debacle de Byczons en ese flanco no fue suficientemente rápida, y la infantería de Uusta terminó por ceder en el llano. El Tercero no pudo cerrase en su ayuda. No quedó más que huir, esta vez de verdad. Byczons había perdido más soldados que Uusta, y por ello la derrota fue aún más amarga.
Desprendió la enseña de su soporte, la dobló y a guardó en su zamarra. Respiró profundamente. Ya sólo tenía que salir de allí. Miró hacia el cielo, moviendo el cuello a izquierda y derecha. Echó a andar hacia la luz que desprendía el fortín, y que difuminada llegaba hasta donde él estaba. Lo rodeó lentamente hasta llegar a la puerta principal de manera que pudiera orientarse hacia el río. Una vez allí, siguió su curso. Ya le envolvía la noche, pero poco a poco, al salir de la zona dominada por el humo de las hogueras, la luz de la luna llena le permitía ver algo mejor el terreno que pisaba, por lo que pudo ir más rápido y con menos tropiezos. La luz de la mañana le permitió ver que tenía ya cerca el bosque donde le esperaba una patrulla del Tercero. Le recibieron respetuosamente.
Todos inclinaron la cabeza y mostraron las manos con las palmas hacia arriba, mientras iban saludando a su paso: “General Kaphenet”. Ahora Kaphenet se había ganado por completo el respeto de las tropas que quedaban allí. Había puesto contra las cuerdas a un ejército enemigo mejor equipado y que les triplicaba en número. El respeto debido a un superior dejaba paso el que se debía a quien, además, había regresado a un lugar de pesadilla para recuperar el honor perdido por su ejército.

