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El Navío Solar

noviembre 26th, 2011

   El humo de las hogueras, ya en los rescoldos en su mayoría, había apagado casi por completo la luz del atardecer. Desde lo alto del alguno de los montículos que se repartían a su alrededor, sólo los fuegos que comían las pilas de cadáveres daban profundidad a aquella bruma asfixiante.

   El trabajo de las bandas de carroñeros daba su fruto. El vencedor les permitía quedarse con una pequeña parte de las armas y otras pertenencias de los cadáveres a cambio de hacerles desaparecer en las enormes piras funerarias.

   Ya habían transcurrido cinco días desde que los últimos soldados de Uusta que no habían podido huir del campo de batalla habían sido muertos por sus enemigos de Byczons. La estúpida idea de reunir los retales de las tropas que quedaban en el continente y enviarlas a invadir terreno enemigo había sido naturalmente un fracaso. Hacía casi dos años que Uusta no vencía a sus enemigos en el campo de batalla. Pocos soldados había confiado en la victoria durante la movilización.

   De vez en cuando una brisa traicionera soplaba, empujando la niebla y dejándole a la vista. Su indumentaria podría hacer que le confundieran con alguno de los carroñeros, aunque aquellos no trabajaban en solitario. En realidad había varias bandas y todas estaban enfrentadas entre sí, así que trabajaban con las espaldas cubiertas por compañeros armados hasta los dientes. Una de aquellas brisas le delató en el alto de una colina. Cuando sintió que se acercaba, se lanzó al suelo. Al menos le sirvió para descubrir que a escasos metros se levantaba uno de los almacenes. Una alta empalizada rodeaba el recinto. Una tienda central que guardaría el botín, rodeada de algunos guardianes y tiendas donde dormitarían los trabajadores, intentando dejar fuera la el olor a muerte. Habían elegido un lugar en el corazón de la batalla, pero se habían apresurado a limpiar un buen radio alrededor del campamento.

   Kaphenet intuía que en aquel lugar dos katharon de línea de Uusta habían intentado frenar la caballería enemiga. El había combatido algo más hacia poniente. Los soldados de su katharon habían cubierto a aquellos desgraciados de las acometidas de los gigantescos y brutales mekuas. Podía estar orgulloso de que por fin, después de años de caer reventados ante ellos, habían acabado con la mayoría de aquellas bestias. Esta vez la causa de la derrota fue simple: el número de enemigos. Y la sublime incompetencia de los generales en Lantis.

   Cinco días desde el último combate, cinco días que Kaphenet deambulaba por aquel descorazonador escenario. Ahora él ya estaba agotado por la podredumbre y la pestilencia. No confiaba en aguantar mucho tiempo más. Pero debía mantenerse alerta para no pasar por alto lo que buscaba y para no caer en manos de los soldados de Byczons o de los carroñeros. Quizá aunque llegara a encontrarlo no tendría fuerzas para salir de allí burlando a los enemigos. Había que planteárselo todo de nuevo.

   La orden de movilizar las tropas hacia el norte había llegado un mes atrás hasta el Tercer Katharon. Su zona de influencia estaba fijada alrededor de la ciudad de Nbetj, fiel a Uusta al principio del conflicto pero dubitativa a medida que este se desarrollaba. El cuartel se estableció por tanto en la misma ciudad para que sus habitantes tuvieran a la metrópoli bien presente. Era un territorio dividido en una gran número de granjas, cuyos muchos propietarios realizaban sus transacciones comerciales en la ciudad. Alrededor de todo esto Nbetj había seguido creciendo hasta sus poco más de mil habitantes actuales. Las órdenes que llegaron allí obligaban a las tropas a reunirse con el Séptimo y el Decimotercero. Más adelante, ya en territorio enemigo, se unieron al Noveno para formar un hegei incompleto e inexperto. Aquellos soldados no habían luchado juntos antes.

   Años atrás Uusta era la potencia marítima dominante en el Mar de Okosía. Su ejército estaba formado por cinco hegeis permanentes. Veinticinco mil hombres. Los soldados estaban en la isla, en la región continental, o vigilando y sometiendo las insurrecciones que pudieran amenazar cualquiera de las factorías costeras. Nadie podía vencer a Uusta en el mar, por lo que la isla era inexpugnable. Esto hacía que los países vecinos en el continente no conformaran auténticas amenazas. Pero ocurrió que unos años de grandes calamidades en Byczons afilaron sus colmillos al oler tan cerca las prósperas ciudades continentales del vecino del sur. Prepararon centenares de mekuas y aumentaron su caballería. No se podía frenar a sus mekuas y a sus carros. Los soldados de Uusta fueron barridos.

   Kaphenet rodeo el fortín ayudado por la bruma, de nuevo presente, y siguió avanzando. Ya había buscado en varios lugares. El problema que se había encontrado al volver ahora al campo de batalla es que el paisaje había sido dibujado de nuevo por los fortines y los apilamientos de los cadáveres. Pero esta vez se había asegurado de recorrer el camino que le llevaría a su destino sin atajos. Había remontado el curso del río del que se había ayudado tácticamente su katharon y había dejado atrás a su derecha las tres colinas desde las que habían realizado su falsa maniobra de retirada. Ahora, debía encontrar el amontonamiento de mekuas y soldados de Uusta donde había caído el portaestandarte.

   Estaba demasiado cerca del fortín. Podía escuchar a los carroñeros ladrarse en la extraña lengua de Byczons. Temía que ya hubieran limpiado la zona. Siguió adelante, más y más, y aparecieron los gigantescos guerreros acorazados. Y alrededor de ellos sus amaestradores y los soldados del Tercero que habían caído en la lucha. Por fin había dado con el lugar, así que debía apresurarse. El terror que inspiraban los mekuas era real aunque estuviesen muertos. No quería pensar en el hecho de que alguno de ellos pudiera estar aun con vida. Intentó evitar en lo posible acercarse mientras rastreaba entre el amontonamiento de cuerpos. Buscaba afanosamente hasta que de nuevo caía en la cuenta de que su fuerte respiración parecía retumbar en la pared de niebla y se detenía, escuchando. Después volvía a la tarea de mover los cuerpos de amigos y enemigos, cada vez más rápido y cada vez más torpe. Una mano le aferró el brazo. Un espectro se intentó incorporar para agarrarle con la otra mano el pecho. Ahogó un grito y se echó rápidamente hacia atrás. Era un soldado de Byczons. Agarró con fuerza una lanza y le atravesó rápidamente. El miedo había hecho estallar sus músculos. Seguramente eso era lo que quería aquel enemigo, después de cinco días con las piernas destrozadas por la maza de uno de sus mekuas. Cuando ya iba a moverse hacia otro lugar, un breve reflejo llamó su atención. Debajo del soldado enemigo brillaba un navío bordado en oro sobre fondo azul. Allí estaba el estandarte que Lantis había enviado para darle autoridad de Ejército Real al hegeis formado para aquella infausta ocasión. Era cierto que el Navío Solar era una poética y bella idea, pero sólo había dispuesto de una batalla para ganarse la gloria.

   El Tercero se había desplegado en tres agrupaciones, cada una en una colina en las cercanías del río. Los carros de Byczons se lanzaron a por los otros katharon que se habían alineado en la llanura. Sus ruedas giraban vertiginosamente haciendo saltar estelas de tierra a su paso. Eran flechas que querían atravesar su presa. El Tercero, mientras tanto, tenía una perspectiva magnífica de los movimientos de la batalla. Detrás de la polvareda de los carros, la infantería enemiga aguardaba el caos que provocarían los carros para barrer el resto de soldados de Uusta. Los mekuas esperaban nerviosos, amedrentados por sus cuidadores, muy separados entre sí. Estaban ya equipados con sus pesadas corazas. Cada uno de ellos podía cargar con más metal que varios hombres. Y estaban enfrente del Tercero. Cuando los carros enfilaban el final de su trayecto y sus conductores apaleaban a sus caballos para que no flojearan en la embestida, los katharon rompieron su formación en las primeras líneas dejando huecos por los que entraron sin poder evitarlo los carros enemigos. Unas largas lanzas aguardaban a estos, y al cerrarse por detrás de ellos los soldados de Uusta se terminó de construir la trampa. Cuando el general enemigo quiso darse cuenta, muchos carros, con sus lanceros, habían ya caído. La infantería partió entonces para aplastar de todos modos a los katharon de la llanura, con los mekuas con ellos. Entonces el tercero comenzó su retirada. Los amaestradores de los mekuas y la infantería intentaron entonces entrar por el flanco que había quedado libre. Pero un ataque salvaje del Tercero hizo que las filas de la infantería de Byczons tuvieran que maniobrar peligrosamente cerca de los mekuas, empujándoles contra el río. Los mekuas comenzaron entonces a segar con sus mazas remachadas de espinas todo lo que se movía alrededor suyo. Pero la debacle de Byczons en ese flanco no fue suficientemente rápida, y la infantería de Uusta terminó por ceder en el llano. El Tercero no pudo cerrase en su ayuda. No quedó más que huir, esta vez de verdad. Byczons había perdido más soldados que Uusta, y por ello la derrota fue aún más amarga.

   Desprendió la enseña de su soporte, la dobló y a guardó en su zamarra. Respiró profundamente. Ya sólo tenía que salir de allí. Miró hacia el cielo, moviendo el cuello a izquierda y derecha. Echó a andar hacia la luz que desprendía el fortín, y que difuminada llegaba hasta donde él estaba. Lo rodeó lentamente hasta llegar a la puerta principal de manera que pudiera orientarse hacia el río. Una vez allí, siguió su curso. Ya le envolvía la noche, pero poco a poco, al salir de la zona dominada por el humo de las hogueras, la luz de la luna llena le permitía ver algo mejor el terreno que pisaba, por lo que pudo ir más rápido y con menos tropiezos. La luz de la mañana le permitió ver que tenía ya cerca el bosque donde le esperaba una patrulla del Tercero. Le recibieron respetuosamente.

   Todos inclinaron la cabeza y mostraron las manos con las palmas hacia arriba, mientras iban saludando a su paso: “General Kaphenet”. Ahora Kaphenet se había ganado por completo el respeto de las tropas que quedaban allí. Había puesto contra las cuerdas a un ejército enemigo mejor equipado y que les triplicaba en número. El respeto debido a un superior dejaba paso el que se debía a quien, además, había regresado a un lugar de pesadilla para recuperar el honor perdido por su ejército.

 

Cap.2 . Uusta invadida

noviembre 26th, 2011

   El decimoséptimo día del més de Vond, en el octavo año de la subida al poder de Nnataban, se recibió en el Cuartel General de Lantis la orden de alerta máxima. Se suspendieron todos los permisos y se enviaron mensajeros a los cuarteles provinciales para realizar el mandamiento de levas. Yo estaba de permiso, pero desde muy temprano en Lantis se difundió el rumor de que habíamos sido invadidos por Valama, y en las conversaciones surgía el pesimismo por el recuerdo del conflicto con Byczons. No perdí mucho tiempo en presentarme en el cuartel. Algunos rumores apuntaban a un levantamiento en ciudades del este que habían permanecido fieles a Abinnesev III. Doce de las quince compañías del cuartel, incluida la muestra, estaban preparando el equipo para marchar. Esa misma tarde fui llamado a Palacio de manera urgente. El secretario de Nnataban me hizo esperar en la puerta de la Sala de los Ministros del Reino, que había conservado su nombre a pesar de todo. Cuando entré en la sala me encontré ante Nnataban y el Estado Mayor del ejército al completo. También estaba presente Kaphenet, al que no había visto en el cuartel esa mañana. Fue él quien se dirigió a mí:

   ”Debes llevar un mensaje tan rápido como sea posible al norte. En pocas palabras, un ejército de Valama ha entrado en nuestro territorio. Le sigue otro ejército aún más numeroso. La procedencia de este segundo ejército no ha sido confirmada. Debes entregar este mensaje al coronel Vijuhtedus, en este momento al mando de las tropas de Coya: Se debe establecer contacto con el ejército invasor y conminarles a abandonar nuestro territorio. No arriesgar nuestras tropas en inferioridad a una ataque frontal. Más adelante se despacharan órdenes más precisas sobre las maniobras a seguir por las tropas.”

   Estoy seguro de que ni siquiera asentí para confirmar que había entendido. Este correo era tan importante que por un momento pensé que era todo una broma del capitán.

   ”Dirígete ahora mismo a la carrera a las cuadras y cabalga sin descanso hasta entregar el mensaje al coronel Vijuhtedus. Tú mismo debes traernos noticias del resultado del encuentro con los invasores.”

   E hice lo que ordenó el capitán. La distancia superaba los doscientos kilómetros, que recorrí en casi dos días. Agradecí a varios dioses locales que no fuera la época de crecidas y pude vadear el Roue y el Vligorlisi sin muchos problemas. En los caminos principales que transité no se observaba movimiento de tropas por lo que supuse que la invasión nos había cogido por sorpresa. Esto no me extrañaba ya que Valama había sido aliado de Uusta desde hacía muchos años. Y si bien es cierto que no recibimos ninguna ayuda de ellos en nuestro pasado enfrentamiento con Byczons, sus envíos de excedentes de cereales habían resultado muy útiles en los duros tiempos que siguieron al conflicto. Militarmente no eran temibles. Pero lo que debía haber puesto muy nervioso a Nnataban era el ejército que seguía a los soldados de Valama. Podían pertenecer a Oqiken o Liou Shikanakus, pero no era probable que cualquiera de ellos nos atacara. Liou Shikanakus y Valama eran enemigos ancestrales, y Oqiken había firmado recientemente varios tratados con Uusta que le hacían más proclive a defendernos. Por descontado debía informar a mi vuelta del origen de los aliados de Valama.

   Llegué a Coya en una noche terriblemente fría. Fuera de los muros de la ciudad, en la ribera del río Zhilkyo, estaban acampadas las tropas que Vijuhtedus había conseguido reunir en estos días. Calculé que debían ser unos mil quinientos soldados. Con suerte trescientos de ellos serían regulares. El resto se repartiría entre ciudadanos de Coya y campesinos de los alrededores. Vijuhtedus se encontraba en su residencia del cuartel de la ciudad. A mi llegada dormía.

   Aproveché para acercarme a la hoguera que calentaba el puesto de guardia. Los soldados estaban ansiosos por las noticias que yo pudiera darles. Pero fueron ellos los que tenían más cosas que contar. Me acercaron una taza de caldo que estaban calentando en la hoguera y empezaron a hablar de los rumores que habían extendido los exploradores que vigilaban a los atacantes. Por lo que decían, los ejércitos habían avanzado algo más al sur en busca de un territorio propicio para acampar, en la confluencia de los ríos Xukehame y Zhylkio, en un terreno cómodamente defendible. Los distintivos del ejército misterioso no habían dado pistas a los exploradores ni a nadie en la ciudad. Eran variados, así que podría ser a su vez una coalición de países.

   Cuando Vijuhtedus me recibió le transmití el mensaje de Nnataban de inmediato. Vijuhtedus era ya mayor y le precedía una enorme barriga. Asintió como si lo que le habían ordenado fuese lo más lógico y ordenó a uno de los guardias que me encontrara un sitio para descansar. Seguramente el volvió a su alcoba.

   Al día siguiente uno de los guardias de la noche anterior vino a buscarme. Fuimos al patio de armas del cuartel, donde Vijuhtedus y veinte soldados me esperaban montados. Vijuhtedus palmeó la silla de una montura que tenía a su izquierda para animarme a montar de nuevo. Partimos al galope.

   El norte de Uusta es una interminable pradera con un monótono paisaje de colinas. La región es conocida como Qianin, y sus pobladores se pueden distinguir del resto de ciudadanos de Uusta pos su baja estatura y su angustiosa resistencia física. Son además unos magníficos jinetes. Por ello gran parte del cuerpo de caballería de Uusta y de los mensajeros estatales son originarios de aquí, como Nelub y Uris. Pero los que no están acostumbrados al paisaje de Qianin tienen la sensación de no avanzar, por muy rápido que se cabalgue. Ocasionalmente detrás de una colina aparecía alguna aldea o pueblucho en los que quizá no tenían noticia de lo que estaba pasando. Espantamos varios rebaños de cabras y ovejas hasta que por fin en el horizonte apareció una fina línea de árboles que indicaban el curso del río Zhylkio. Vijuhtedus estimó que aun teníamos medio día de camino hasta poder contactar con patrullas enemigas, así que ordenó acampar para pasar la noche.

   Cuando ya habíamos asegurado las monturas y nos preparábamos para cenar un centinela avisó a Vijuhtedus. Naturalmente nos acercamos todos. A dos luces se distinguían a menos de un kilómetro un grupo de jinetes que nos observaban. Cuatro de ellos eran claramente exploradores de Valama. Pero había un quinto jinete con un uniforme distinto al de sus compañeros. Y a diferencia de ellos cubría la cabeza con un yelmo dorado. Vijuhtedus no tomó ninguna iniciativa. Nuestro estandarte estaba a la vista y prefería que fuera Valama quien emprendiera el diálogo. Ante todo quería regresar con vida a Coya. Volvieron grupas y se alejaron. Cuando despuntó el alba nos pusimos de nuevo en camino siguiendo el curso del río. A media mañana divisamos de nuevo una patrulla. Era un grupo de cuarenta soldados de Valama. El oficial al mando se acercó y Vijuhtedus fue a su encuentro. Al cabo de un rato el grupo de Valama partió y nuestro coronel nos ordenó que les siguiéramos.

   Esa tarde por fin llegamos al campamento enemigo. Habían vadeado ya el Zhylkyo y se hallaban protegidos por ambos cauces. Además unas empalizadas de madera protegían las zonas más accesibles. La organización del campamento estaba claramente organizada en dos áreas. Entramos a través de las tiendas de los soldados de Valama. Mantenían la actitud de un ejército de maniobras. El oficial nos condujo a la tienda del general al mando de su tropa, Sitang Xiani. Cuando entramos, Xiani simulaba trabajar en una mesa de campaña sobre unos mapas y papelajos. Tardó más de lo debido en levantar la mirada de la mesa y atendernos. Era una persona enjuta, con un pelo negro tupido y aspecto de contable. Preguntó quién era el oficial al mando a pesar de que los distintivos de coronel de Vijuhtedus estaban bien visibles. Una de las virtudes de Vijuhtedus era la paciencia.

   ”Bien, Vijuhtedus. Debes acompañarme a la tienda de mando del campamento. El resto de generales de la expedición nos esperan allí.”

   Nuestro coronel hizo que yo le acompañara. Eran sus órdenes. A pesar de que Xiani se opuso, Vijuhtedus dijo que era imprescindible que yo estuviera presente. Otra de sus virtudes era la tozudez. El resto de la tropa esperó en el campamento de Valama, y nosotros atravesamos uno de los corredores principales del campamento. Al final del mismo, llegamos a otro corredor transversal que separaba a los de Valama de sus acompañantes. Xiani comenzó a ponerse muy nervioso y redujo algo el paso. Según nos acercábamos, me di cuenta de que allí ocurría algo extraordinario.

   Mi abuela, Aismaida, conocía un cuento sobre un granjero que vivía en nuestra región. Su nombre era Dihd. El huerto de Dihd siempre estaba repleto de frutos, aun en épocas de carestía, cuando el resto de cultivos de las cercanías se agostaban al sol. Los más ancianos le recordaban ya como adulto cuando eran niños, así que era muy mayor, mucho más de lo que pueda llegar a serlo cualquier persona normal. Nunca enfermaba y su aspecto a pesar de la edad seguía siendo el de un hombre en la plenitud. Nadie tenía trato con él más de lo estrictamente necesario. No se recordaba que nunca hubiera tenido familia, ni cuándo había aparecido en la región.

   En una de las habituales malas rachas de los campos de Hedtchi, una sequía desoló los cultivos. Pero se corrió el rumor que el huerto de Dihd seguía repleto de frutos, y un grupo de campesinos fue allí a pedirle que compartiera sus cosechas con ellos. Pero él se negó. Entonces se llevaron todo lo que tenía por la fuerza, y a él le dejaron tirado en el suelo, suponiendo que había muerto. Pocos días después, y uno a uno, todos los que habían participado en el robo murieron. Cada noche, y aunque se ocultara en el más profundo agujero, otro más era asesinado. Algunos fueron de nuevo a la granja de Dihd, y el cuerpo ya no estaba, ni había rastro de él. Nunca más se le volvió a ver. Ahora estoy seguro de que Dihd era un hossmiad.

   Son hossmiad, o ealminor como se denominan ellos, los guerreros mitológicos de algunos de los frisos que adornan nuestros edificios públicos. Muchos dudan que exista su reino de Estelmara, en el lejano Este. La leyenda dice que su reino es más extenso que el más grande imperio que haya existido en nuestras tierras. Que nuestras ciudades serían ensombrecidas por una sola de sus torres. Que sus científicos podían predecir eclipses y terremotos hace miles de años. Que sus guerreros son invencibles. Que son inmortales.

   Un historiador conoce las épocas del pasado en las que los hossmiad han abierto sus fronteras al exterior. Cuándo han arrasado los reinos de nuestra gente fronterizos con el suyo o cuándo han firmado tratados comerciales con ellos. Pero las infranqueables montañas que defienden el acceso a la península de Corbadhair han terminado por aislar su reino y su cultura del resto de nuestro mundo. La mayoría de la gente cree que sólo son seres fantásticos que protagonizan cuentos y leyendas, y que el reino de Estelmara y sus pobladores no existen.

   A medida que nos acercábamos al acceso del otro campamento comencé a afligirme pues el encargo que me había sido asignado me superaba con creces. Los cuatro soldados que lo custodiaban eran idénticos a los de una escena del Salón de Armas del Cuartel General de Lantis. En él un grupo de soldados forman en falange y traspasan con sus lanzas a unos enemigos que intentan huir hacia donde se encuentra su príncipe. Pero este yace muerto pisoteado por los cascos general de los enemigos, una mujer. Esa escena recrea una batalla entre el ejército de Estelmara y de un reino vecino en la leyenda de la reina Smala Alrthige.

   Uusta había sido invadida por un ejército de guerreros invencibles e inmortales. Habíamos sido invadidos por el Reino de Estelmara.

 

Cap. 1. Un descuido del destino

noviembre 20th, 2011

   En ocasiones el destino echa de menos un momento de reposo, se desentiende de sus obligaciones y deja que todo se desordene un poco.

   Mi nombre es Barsdameper Ressdemi. Nací en la pequeña aldea de Hedtchi, en el entonces Reino de Uusta. Mis padres eran campesinos y nuestras tierras no daban cosechas todos los años. Poco después de mi partida un mal se extendió y barrió completamente a Hedtchi del mapa. Pero yo he sido soldado de Uusta. He recorrido este mundo de norte a sur junto a los hossmiad, he vivido con tribus de criaturas legendarias, he participado en la batalla más formidable que jamás se haya librado, he sido testigo de intrigas palaciegas de cuentos de hadas, y he vivido para poder recordarlo en cada momento y narrárselo a aquellos que quieran escucharlo.

   Pero cada cosa a su tiempo. En Hedtchi vivía junto a mis padres, mis dos hermanos y mis tres hermanas. Las tierras eran propiedad de mi familia. Al menos en esto éramos unos privilegiados y las exigüas cosechas nos pertenecían por completo. Eran tiempos muy difíciles pues la región de Eistedza había padecido repetidas sequías. Yo era el hermano pequeño y poco podía ayudar en el campo, así que mi madre consiguió que entrara al servicio de Vaapoz, terrateniente de la región, y con esto aprendí a leer y escribir con soltura. Mientras tanto mis hermanos ayudaban a mi padre en la granja. Pero un día una serpiente mordió a Mgesan, mi hermano mayor, y nada se pudo hacer por el. Por lo que dejé de ayudar en la hacienda de Vaapoz y tuve que coger el arado. En esos años aprendí a tener paciencia con la vida.

   Yo ya había cumplido quince años cuando el destino se echó a descansar. Una patrulla de reclutamiento del ejército llegó a la aldea. Uusta había entrado en guerra en el sur con Byczons. Estábamos sufriendo fuertes reveses y era necesario aumentar los efectivos. Las tropas mejor entrenadas eran enviadas al conflicto, así que se estaban reclutando ciudadanos jóvenes y viejos para mantener el orden en las principales ciudades. El descontento con Abinnesev III podía convertirse en una guerra civil. No lo pensé demasiado. Me enrolé. El reclutamiento era forzoso para los mayores de dieciséis años, y voluntario a partir de los catorce, y cada familia debía de aportar un soldado. Me despedí de mi familia y partí con el resto de reclutas.

   Mi primer destino como soldado del rey fueron las cocinas del cuartel de la guardia en la ciudad de Gung. Al principio como pinche y más tarde en labores de intendencia. Allí estuve casi dos años. Hasta que cumplí los dieciséis y con ello obtenía mi permiso para ir al frente. Las noticias oficiales eran que la situación no había variado desde el inicio de la guerra. Pero se rumoreaba que las escaramuzas eran cada vez más duras y nuestros resultados desastrosos. Creí que acabaría mis días siendo aun un mocoso y con el cráneo reventado por la maza de un mekua de choque. Ya sabía que había perdido a toda mi familia. Pero de nuevo fui afortunado cuando no parecía posible, pues una noche arribó un mensajero del cuartel general de Uusta. Había estado cabalgando de posta en posta sin descanso bajo un fuerte temporal, y a los pocos días de su llegada falleció. Cuando hubo que dar contestación al mensaje, fui yo el encargado de llevarlo. Hice el camino de una sola tirada, también de posta en posta, pero en unas condiciones mucho mejores. Entregué el mensaje en el Cuartel General de Uusta y allí me quedé, como mensajero.

   Tres meses después de mi llegada se firmó el armisticio. Byczons ganaba las ciudades sureñas de Tiseka y Ntedamis además de un gran botín. La situación en la capital se tornó insostenible y las revueltas y desórdenes eran diarios. Participamos en auténticas batallas urbanas contra los ciudadanos, cobrándonos muchas vidas de paisanos hambrientos. La tropa estaba desmoralizada, ya que muchos veteranos habían sufrido las penalidades del frente, y ahora se veían obligados a luchar contra su propia gente. El reino estaba colapsado. En algunas regiones los más desafortunados morían de hambre.

   Al finalizar la guerra retornaron un gran número de veteranos. Entre ellos el capitán Kaphenet, que pasó a tomar el mando de la guarnición de Lantis. Ya habíamos oído hablar de él. Las dos únicas victorias de nuestras tropas en el frente en el último año habían estado propiciadas por su gran valía como estratega. Era un militar de carrera. Su formación se había completado con honores en nuestro cuartel hacía ya más de diez años. Podría haber sido nombrado general apenas cumplidos los treinta. Pero al estallar el conflicto con Byczons no tuvo reparos en calificar de mamarrachos a los generales del estado mayor por su incompetencia tras las primeras derrotas. Aquello le valió un pasaporte como capitán de tropa en la primera línea del frente. Su fama poco a poco se fue apagando hasta que alguien reparó en que sus soldados eran los únicos que no estaban cediendo ni la más pequeña de nuestras aldeas ante nuestros implacables vecinos. Pero cuando se le quiso promocionar ya era tarde.

   Un día tuvimos que marchar a las puerta de la Luz del Norte, a escoltar una caravana de alimentos, y dar relevo a la compañía que la había protegido hasta la capital. A medida que avanzábamos hacia el cuartel, desde donde se pretendía repartir los productos que transportaba, se fue arremolinando más y más gente alrededor. Al llegar a la Plaza del Consulado, dos compañías de la guardia de palacio bajo el mando del coronel Haad Certud nos estaban esperando con orden de entregarles la custodia del transporte, y retirarnos al cuartel. La caravana iría a palacio. Cuando la gente se dio cuenta de lo que ocurría, comenzó a atacarnos desesperada. Haad Certud ordenó a Kaphenet que cargáramos contra la muchedumbre para que ellos pudieran volver sin problemas, y Kaphenet se negó, y contestó que la única opción que apoyaría sería la de llevar los alimentos al cuartel, como estaba previsto, ya que si los soldados del coronel atacaban a los ciudadanos nosotros defenderíamos a estos. La mayoría de la tropa de Kaphenet era veterana. Certud sopesó la posibilidad de atacarnos pero al final desistió. Nos llevamos la caravana al cuartel prometiendo a nuestros ciudadanos que esa misma tarde se comenzaría a repartir todo. Nuestra suerte estaba echada.

   Pero esa misma noche el general Nnataban ordenó a todas las compañías de nuestro cuartel marchar hacia palacio. Encontramos poca resistencia. Nuestro rey fue hecho prisionero. Nnataban fue nombrado canciller y el país fue militarizado.

   Si esto no hubiera ocurrido Kaphenet hubiera sido condenado a muerte y algunos de nosotros habríamos seguido el mismo camino que el capitán. Pero nuestra actitud aquel día nos valió el reconocimiento especial del alto mando y una gran popularidad en Lantis. Esta compañía, la Tercera de Uusta, a la que yo pertenecía a pesar de mis funciones de mensajero, seguiría a Kaphenet durante mucho tiempo, y las suertes y desgracias que tuvimos que sobrellevar serán detalladas en este relato.

   Yo volví a mis quehaceres como mensajero, habitualmente entre el cuartel y palacio. En ocasiones debía entregar los mensajes en persona a ministros y generales, incluso al canciller. Algo así nunca se me habría ocurrido de niño en Hedtchi, mientras inventariaba las existencias de la hacienda de Vaapoz.

   Cinco años después de la toma del poder de Nnataban, y tras grandes penurias, Uusta consiguió salir adelante. La vida en Lantis se fue normalizando. En aquella época yo me consideraba una persona afortunada. Mi trabajo no era duro y había conseguido una segunda familia entre mis compañeros de cuartel: Nelub, Eragusem, Uris… Entre los cuatro habíamos alquilado una casa en el barrio de las Rayas. Era un cuchitril de dos habitaciones en el que debíamos apretarnos cuando estábamos todos de permiso, pero que habitualmente nos daba cabida para nuestros pequeños romances. Era un tercer piso con demasiadas grietas, pero nos prestaba un buen servicio.