CAZADORES DE HOMBRES
Cap. 1. Un descuido del destino
En ocasiones el destino echa de menos un
momento de reposo, se desentiende de sus obligaciones y deja que todo
se desordene un poco.
Mi nombre es Barsdameper Ressdemi. Nací
en la pequeña aldea de Hedtchi, en el entonces Reino de Uusta. Mis
padres eran campesinos y nuestras tierras no daban cosechas todos los
años. Poco después de mi partida un mal se extendió y barrió
completamente a Hedtchi del mapa. Pero yo he sido soldado de Uusta. He
recorrido este mundo de norte a sur junto a los hossmiad, he vivido con
tribus de criaturas legendarias, he participado en la batalla más
formidable que jamás se haya librado, he sido testigo de intrigas
palaciegas de cuentos de hadas, y he vivido para poder recordarlo en
cada momento y narrárselo a aquellos que quieran escucharlo.
Pero cada cosa a su tiempo. En Hedtchi
vivía junto a mis padres, mis dos hermanos y mis tres hermanas. Las
tierras eran propiedad de mi familia. Al menos en esto éramos unos
privilegiados y las exigüas cosechas nos pertenecían por completo. Eran
tiempos muy difíciles pues la región de Eistedza había padecido
repetidas sequías. Yo era el hermano pequeño y poco podía ayudar en el
campo, así que mi madre consiguió que entrara al servicio de Vaapoz,
terrateniente de la región, y con esto aprendí a leer y escribir con
soltura. Mientras tanto mis hermanos ayudaban a mi padre en la granja.
Pero un día una serpiente mordió a Mgesan, mi hermano mayor, y nada se
pudo hacer por el. Por lo que dejé de ayudar en la hacienda de Vaapoz y
tuve que coger el arado. En esos años aprendí a tener paciencia con la
vida.
Yo ya había cumplido quince años cuando
el destino se echó a descansar. Una patrulla de reclutamiento del
ejército llegó a la aldea. Uusta había entrado en guerra en el sur con
Byczons. Estábamos sufriendo fuertes reveses y era necesario aumentar
los efectivos. Las tropas mejor entrenadas eran enviadas al conflicto,
así que se estaban reclutando ciudadanos jóvenes y viejos para mantener
el orden en las principales ciudades. El descontento con Abinnesev III
podía convertirse en una guerra civil. No lo pensé demasiado. Me
enrolé. El reclutamiento era forzoso para los mayores de dieciséis
años, y voluntario a partir de los catorce, y cada familia debía de
aportar un soldado. Me despedí de mi familia y partí con el resto de
reclutas.
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